Los pies son una de las zonas del cuerpo más desatendidas — y, en mayores, una de las que más capacidad tiene de mantener o tumbar la autonomía. Un pie con dolor cambia la forma de andar y dispara el riesgo de caídas. Una rozadura mal cuidada en una persona con diabetes puede convertirse en un problema grave. Esta página explica por qué importan los pies, qué incluir en la rutina diaria, qué calzado funciona mejor y cuándo derivar al podólogo o al centro de salud.

Por qué los pies son críticos en mayores

Varias razones convergen:

  • Cualquier dolor en el pie modifica la forma de andar. Una persona que apoya raro porque le duele un juanete o una uña encarnada pierde equilibrio y aumenta el riesgo de caer.
  • La piel del pie en mayores se reseca y se vuelve frágil. Aparecen grietas, especialmente en el talón, que son puerta de entrada a infecciones.
  • Las uñas se engruesan y se vuelven más difíciles de cortar. Si no se cortan, presionan y duelen; si se cortan mal, se encarnan.
  • La sensibilidad disminuye, sobre todo en personas con diabetes o neuropatías. Un zapato que aprieta o una piedrecita dentro pueden hacer una herida sin que la persona se entere.
  • La circulación sanguínea de los pies empeora con los años. Las heridas tardan más en cerrar.

En personas con diabetes la situación se agrava: una rozadura banal puede tardar semanas en cerrar y, mal manejada, llegar a complicaciones importantes. El “pie diabético” tiene seguimiento específico en consulta de enfermería.

Inspección periódica: mirar los pies

La medida preventiva más simple y más olvidada: mirar los pies cada día. Si la persona no puede agacharse o no se ve bien (poca visión, problemas de espalda), que alguien del entorno los revise, especialmente si hay diabetes.

Qué buscar al mirar:

  • Heridas, rozaduras, ampollas, por pequeñas que sean.
  • Enrojecimientos que no desaparecen, sobre todo en zonas de roce con el zapato.
  • Grietas en el talón o entre los dedos.
  • Callosidades (callos, durezas) que duelen al apoyar.
  • Uñas engrosadas, amarillentas o con cambios de color (puede ser hongo).
  • Uñas encarnadas.
  • Hinchazón de un pie y no del otro (puede indicar problema vascular).
  • Cambios de color del pie entero (pálido, azulado, morado).
  • Frío o calor anormal al tocar comparado con el otro pie.
  • Olor desagradable mantenido entre los dedos (puede indicar hongos).

Si aparece cualquiera de estos signos, especialmente en persona con diabetes, conviene consultar sin demora.

Aseo diario de los pies

Como parte del aseo general:

  • Lavar con agua templada y jabón suave. No agua muy caliente: la sensibilidad de la temperatura puede estar reducida y se quema antes de notarlo.
  • No mantener los pies en remojo prolongado. Reblandece la piel y favorece grietas y hongos.
  • Secar a toques, con especial atención entre los dedos. Es donde más humedad queda y donde aparecen hongos con más facilidad.
  • Hidratar con crema en planta, dorso y talón. No aplicar crema entre los dedos: la humedad mantenida ahí es contraproducente.
  • Cambio diario de calcetines, mejor de algodón o lana en invierno, que respiren.
  • Calcetines sin costuras gruesas que rocen, sobre todo en personas con diabetes.

Si la persona tiene hongos confirmados o sospechosos (descamación blanquecina entre los dedos, picor, mal olor), conviene comentarlo en consulta antes de aplicar nada por iniciativa propia.

Uñas: cuándo cortarlas y cuándo no

Las uñas se cortan rectas, no en arco, y nunca apurando los lados. Apurar los laterales favorece que la uña crezca clavándose en el surco (uña encarnada), un problema doloroso que limita mucho.

Lo mejor es cortarlas tras el aseo, cuando están más blandas. Tijeras con punta roma o alicates específicos para uñas de pie. Lima después para evitar bordes afilados que rocen el dedo de al lado.

Cuándo no cortarlas en casa y derivar al podólogo:

  • Uñas muy engrosadas que el cortauñas normal no abarca.
  • Uñas con sospecha de hongo.
  • Si la persona tiene diabetes con neuropatía o mala circulación.
  • Si hay uña encarnada o ya hubo problemas previos.
  • Si la persona toma anticoagulantes y existe riesgo de hacer una herida.
  • Si quien cuida no ve bien o tiene dudas.

Las consultas de podología no están cubiertas en general por la cartera del Sistema Nacional de Salud — son privadas, salvo casos concretos derivados. Pero el coste de una sesión cada dos o tres meses suele compensar frente a un problema mayor por uñas mal cortadas.

Callos y durezas

Es muy frecuente que aparezcan callos por roce del zapato o por mal apoyo. Lo que funciona es:

  • Identificar la causa: zapato que aprieta, deformidad del pie, mal apoyo.
  • Cambiar el calzado, ensanchar o adaptar.
  • Llevar al podólogo para deslaminar el callo y plantear plantillas si hace falta.

Lo que no funciona y a veces hace daño:

  • Cortar callos con cuchillas, hojas o tijeras en casa. Riesgo alto de herida que en personas frágiles se complica.
  • Parches con principios activos queratolíticos sin valoración previa, especialmente en personas con diabetes o mala circulación. Pueden generar quemaduras químicas en piel sana de alrededor.
  • “Limarse” agresivamente en seco.

Cualquier “remedio casero” agresivo puede generar más problema que beneficio. Mejor invertir en el podólogo.

Calzado adecuado

El calzado es probablemente el factor que más impacto tiene sobre el bienestar del pie del mayor. Características de un buen zapato:

  • Suela antideslizante y con algo de relieve. Suelas lisas de cuero en suelo de baldosa son una receta para caídas.
  • Cierre con velcro o cordones que se puedan ajustar. Los zapatos sin cierre (mocasines, zuecos) se mueven y favorecen el tropiezo.
  • Tacón bajo y ancho, no más de 2-3 cm. Ni plano del todo (mal para arco plantar), ni alto.
  • Puntera amplia que no apriete los dedos. Si hay juanete o dedo en martillo, todavía más amplia.
  • Material flexible pero que sujete: piel suave, malla transpirable. Nada rígido que ya pellizca al probarlo.
  • Contrafuerte firme (la parte del talón), para sujetar el pie.
  • Una talla un poco más grande para acomodar el ligero edema vespertino. Probar zapato siempre por la tarde, con el calcetín que se va a usar.
  • Plantillas pautadas por podólogo si la persona las usa.

Las zapatillas de andar por casa merecen el mismo criterio que el zapato de calle: cerradas, con suela antideslizante, con sujeción. Las chanclas o zapatillas abiertas que se quedan a medio pie son responsables directas de muchas caídas en casa. Para más sobre prevención, ver prevención de caídas.

Atención especial si hay diabetes

Tres reglas que cambian las cosas en una persona con diabetes:

  • Revisar los pies todos los días, sin excepción. Cualquier herida, rozadura o ampolla cuenta.
  • No esperar: lo que en una persona sin diabetes se cura en una semana, en una persona con diabetes puede complicarse en pocos días. Cualquier herida que no avance hacia el cierre en 48-72 horas merece consulta.
  • No cortar callos ni uñas problemáticas en casa. Derivar siempre a podólogo o a la enfermera de control de diabetes del centro de salud.

La diabetes mal controlada y el pie van muy unidos. Mantener buen control con el equipo médico habitual protege también los pies.

Cuándo consultar

Sin esperar a la próxima visita:

  • Herida que no avanza a cierre en 48-72 horas, especialmente con diabetes.
  • Cambio de color del pie (palidez, cianosis, enrojecimiento intenso, ennegrecimiento).
  • Hinchazón nueva, dolorosa o sólo en una pierna.
  • Dolor al apoyar el pie que limita la marcha.
  • Uña encarnada con enrojecimiento alrededor.
  • Sospecha de infección (calor, hinchazón, secreción, olor).
  • Mal control de azúcar en persona con diabetes y herida en el pie.

Cuidar los pies parece menor — y es uno de los gestos que más alargan la autonomía del mayor.

Cómo seguir desde aquí